La Santa Misa
Centro de la vida cristiana
«La Santa Misa es en sí misma una oración, incluso la más excelsa oración que existe. Es el Sacrificio, ofrecido por Nuestro Redentor en la Cruz, y repetido todos los días en el Altar. Si deseas escuchar la Misa como debe ser escuchada, tienes que seguir con los ojos, con el corazón y con la boca todo lo que ocurre en el Altar.
Además, tienes que rezar con el sacerdote las santas palabras pronunciadas por él en nombre de Cristo y que Cristo pronuncia a través de él. Tienes que asociar tu corazón con los santos sentimientos contenidos en estas palabras, y de ese modo debes seguir todo lo que ocurre en el Altar. Cuando te portas así, has rezado la Santa Misa.»
Papa San Pío X
Texto resumido y adaptado para familias a partir de la introducción doctrinal sobre la Santa Misa del Misal Diario Católico Apostólico Romano (1962), edición de Angelus Press (2.ª ed., 2022).
La práctica más grande
De todas las prácticas que nos recomienda nuestra santa religión —las oraciones de la mañana y de la noche, las oraciones antes y después de las comidas, las visitas al Santísimo Sacramento, el Santo Rosario, el Vía Crucis—, el Santo Sacrificio de la Misa es la más grande, la más preciosa, la más santa, y el camino más eficaz para la salvación del hombre.
La Santa Misa fue instituida por Nuestro Señor Jesucristo mismo en la Última Cena. Allí ordenó a sus Apóstoles que hicieran lo mismo que Él había hecho, diciendo: «Haced esto en conmemoración mía».
Las cuatro intenciones
Al asistir a la Santa Misa debemos tener presentes las cuatro intenciones por las cuales se ofrece este Sacrificio, y conviene enseñarlas a los hijos con palabras sencillas:
- AdoraciónReconocemos nuestra dependencia de Dios, Dueño de nuestra vida y de nuestra muerte.
- Acción de graciasPor los beneficios que nos ha concedido.
- ReparaciónPor nuestros pecados y negligencias.
- ImpetraciónPara implorarle a Dios las gracias que necesitamos para salvarnos.
Podemos pedirle además otros dones y beneficios por medio de la Santa Misa, y estará muy bien; pero no debemos olvidar nunca estas cuatro grandes intenciones. También podemos ofrecer la Misa, en unión con el sacerdote, por algún fin particular: para alcanzar la gracia de practicar una virtud, vencer una tentación, o conseguir un favor señalado para nosotros o para nuestros prójimos.
Qué hermoso es que cada miembro de la familia, antes de salir hacia la iglesia, sepa por qué intención concreta va a ofrecer su Misa.
El mismo Sacrificio de la Cruz
La Misa es el medio por el cual nos hacemos prolongación de Cristo: por el ofrecimiento de nosotros mismos con Cristo, por la consagración de nosotros a Cristo, y por la comunión con Cristo, para la mayor gloria de la Santísima Trinidad y la santificación de nuestras almas.
La Misa nos recuerda a la vez la condescendencia de Dios hacia el hombre y la ascensión del hombre hacia Dios. Resalta los misterios paralelos de la Encarnación y la Redención, y nos aplica sus frutos. Mientras el pesebre y la Cruz manifiestan el amor de Dios por la humanidad, la Misa nos demuestra su amor por cada uno de nosotros en forma individual. Por eso la Misa debería ocupar todo el lugar en nuestra vida, como un sol que brinda luz y calor para transformar y elevar toda la creación y devolverla a su Creador en un himno de acción de gracias.
¿Es la Misa el mismo Sacrificio de la Cruz?
Es el mismo Sacrificio. Él se ofreció a sí mismo una vez y para siempre: «En virtud de esta voluntad hemos sido santificados una vez y para siempre por la oblación del cuerpo de Jesucristo» (Heb 10, 10). La Misa no es un nuevo sacrificio, sino el mismo Sacrificio actualizado en tiempo presente. «Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere» (Rom 6, 9).
El Sacrificio de Nuestro Señor consiste en su completo renunciamiento, una inmolación que comenzó en el primer instante de su vida terrena y terminó en la Cruz del Calvario; y sobre todo en preferir la voluntad del Padre por sobre la propia, una preferencia que permanece eternamente en el cielo. Los sufrimientos pasan; la acción de haber sufrido permanece. Por eso San Juan, en su visión del cielo, vio a Jesús así: «estaba de pie un Cordero como degollado» (Apoc 5, 6).
La diferencia está en el modo, no en la Víctima
| Aspecto | En la Cruz | En la Misa |
|---|---|---|
| Modo | Cristo manifestó su amor al Padre por medio de su muerte cruenta. | Jesús se ofrece a su Padre de manera incruenta. El signo visible es la consagración por separado del pan y del vino, que representa la separación de su Cuerpo y su Sangre en la Cruz. |
| Quién ofrece | Cristo se ofreció a sí mismo por sí mismo. | Cristo se ofrece a sí mismo a través del ministerio de sus sacerdotes. Hay un solo sacerdote, Jesucristo; el sacerdote es su representante. |
| Tiempo y lugar | Aconteció una vez, en un momento y un lugar determinados. | Cristo se ofrece en todas partes del mundo y en todo momento, de día y de noche, tal como lo anunció el profeta Malaquías. |
Nótese bien: la Presencia Real de Cristo en el sagrario no es, estrictamente hablando, un sacrificio, porque allí falta ese signo exterior de la consagración.
Nuestro Salvador, para hacernos participar más íntimamente de su Sacrificio, se impuso una condición: no se ofrecerá a sí mismo sobre el altar sin sus sacerdotes. Exteriormente es el sacerdote quien ofrece, en nombre de todo el pueblo; interiormente, siempre es Cristo quien se ofrece.
¿A quién se ofrece?
A Dios solamente. Porque la Misa es un acto de adoración, porque la dignidad de Jesucristo, Víctima y Sacrificador, es infinita, y porque un ofrecimiento hecho a una criatura sería idolatría: el fin de un sacrificio es reconocer la preeminencia de Dios y su señorío sobre toda la creación.
Sin embargo, la Misa puede ofrecerse en honor de los Ángeles y de los Santos: para agradecer a Dios por el modo maravilloso con que premió su virtud, para impetrar gracias por su intercesión, para celebrar sus virtudes y triunfos, y para estimularnos a imitarlos. Es costumbre muy antigua reunirse junto a las tumbas de los mártires, en el aniversario de su muerte, para celebrar la Misa en honor de su memoria.
Por quiénes se ofrece
Dios recibe siempre la alabanza infinita de la Misa, aun cuando el celebrante fuera indigno de su oficio, porque Jesucristo es a la vez el Sacerdote y la Víctima. La Misa se ofrece solamente a Dios, pero para el beneficio de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Por eso la Misa incluye el Memento de los vivos y el Memento de los muertos.
Los vivos somos los miembros del Cuerpo Místico que todavía estamos en la tierra: cada uno de nosotros. Hermosa plegaria para ofrecer por los pecadores que están a punto de morir:
Dios mío, te ofrezco todas las Misas que están siendo celebradas ahora por aquellos pecadores que se hallan en agonía y que van a morir hoy. Que la Preciosísima Sangre de Jesús les obtenga misericordia.
Los muertos son las almas del purgatorio. La caridad exige que quienes tenemos acceso a la oblación de Cristo no nos olvidemos de aquellos miembros que ya no pueden ofrecer el Santo Sacrificio. ¡Si tan sólo tuviéramos quién piense en nosotros cuando estemos en el purgatorio! No nos olvidemos de los difuntos, que desde allí imploran nuestras oraciones y las Misas.
Los cuatro frutos de la Misa
- Fruto general, destinado a todos los miembros del Cuerpo Místico.
- Fruto especial, para quienes asisten al Santo Sacrificio con las disposiciones requeridas.
- Fruto de la intención por la cual se ofrece la Misa.
- Fruto personal, para el sacerdote que la celebra.
Pero, sea cual fuere la intención, el beneficio que recibamos dependerá de las disposiciones con las cuales oigamos la Misa.
Ofrecernos con Cristo
¿De dónde nace nuestra obligación de ofrecernos en la Misa con Cristo? De que somos miembros del Cuerpo Místico, incorporados a Cristo por el Bautismo. El Papa Pío XII lo enseñó en Mediator Dei: por el Bautismo, los cristianos son hechos miembros del Cuerpo de Cristo Sacerdote, y por el carácter grabado en sus almas han sido ordenados para la divina adoración; participan, según su condición, del sacerdocio del mismo Cristo.
Por eso la Misa no es el Sacrificio de Cristo solamente, sino también el de todo el Cuerpo Místico. Una persona no bautizada podría estar presente y seguir las ceremonias con inteligencia, pero en sentido estricto no «asiste» a Misa, porque asistir es ofrecerse junto con Jesucristo, y para eso hay que estar incorporado a Él. No solamente nos está permitido ofrecernos con Cristo: estamos obligados a ello, porque la Cabeza sola no es el Cristo entero; hacen falta la Cabeza y los miembros.
De parte de Nuestro Señor, el Sacrificio es completo, de mérito infinito. De nuestra parte es incompleto, y se va completando con el paso del tiempo, en la medida en que no retrocedamos en nuestra inmolación junto con Jesucristo. Así se entienden las palabras de San Pablo: «Ahora me gozo en los padecimientos a causa de vosotros, y lo que en mi carne falta de las tribulaciones de Cristo, lo cumplo en favor del Cuerpo suyo, que es la Iglesia» (Col 1, 24). Los sufrimientos de Cristo están completos en cuanto a la satisfacción y al mérito, pero no en cuanto a su aplicación. El Sacrificio de Cristo, por nuestra parte, terminará con la muerte del último miembro del Cuerpo Místico.
Las tres partes principales de la Misa
- Ofertorio — la oblación.
- Consagración — la inmolación.
- Comunión — la recepción.
Son los elementos indispensables de todo sacrificio, y permanecen juntos: cada ofrecimiento demanda una consagración, y cada consagración presupone una comunión, porque el amor llama al amor.
De aquí viene la extrema importancia de centrar nuestras vidas en la Misa. Debemos ofrecernos a nosotros mismos, como Cristo en la Cruz; consagrarnos a nosotros mismos, muriendo a nuestra vida de pecado para vivir de ahora en adelante la vida de Cristo; y unirnos a Alguien más fuerte que nosotros, comunicándonos con Cristo por la recepción de su Sagrado Cuerpo, para identificarnos cada vez más con Él y, perteneciéndole más a Él que a nosotros mismos, ser capaces de obras divinas y sobrenaturales. Y así tributar, a través de Cristo, una oración perfecta a la Augusta Trinidad.
¡Solamente cuando ofrecemos nuestros sacrificios a Dios en unión con el Sacrificio de Cristo, estos se transforman en oro! Justo como la pequeña gota de agua que cae en el cáliz y se vuelve vino. Así es como «por Él» y «en Él» nuestros sacrificios adquieren todo su valor.
Vivir la Misa en familia
La Misa debe ser vivida, y eso tiene dos momentos.
El primero es el ofrecimiento ritual, en unión con Cristo: en la Misa me ofrezco completamente, y ofrezco por adelantado las horas que aún me resten.
El segundo —demasiado olvidado— es tan importante como el primero: realizar ese ofrecimiento a lo largo de todo el día, en medio de las ocupaciones y actos que vaya desarrollando. Esto es lo que se conoce como «vivir mi Misa». El trabajo del padre, el cuidado de la casa, las lecciones de los hijos, una molestia aceptada sin queja, una ayuda prestada al prójimo: todo puede ser ofrecido con Cristo, y todo, unido a su Sacrificio, adquiere valor infinito.
No todo se termina con el Ite, missa est. Por el contrario, es entonces cuando todo comienza. Porque cuando una persona se ofrece a sí misma, en forma total, con Cristo, ¿cómo es posible que piense, hable y actúe como aquellos que nunca se han ofrecido? Recordémoslo: Dios se da al que se da, y a Dios no le agradan los ofrecimientos a medias. Dios nunca se dejará ganar en generosidad.
Una preparación triple
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Preparación doctrinal
Por medio de lecturas, oyendo la palabra de Dios y estudiando en familia. Es la más fructuosa, porque nos muestra el gran valor de la Misa y nos urge a estudiar los grandes dogmas de la Fe, de los que la Misa es como un punto de encuentro: la Trinidad, la Encarnación, la Redención, la gracia y la gloria.
Si muchas almas dejan de progresar, o en lugar de adelantar van marcha atrás, la causa principal suele ser su anemia espiritual: la ignorancia total o parcial acerca de la Misa, que es el centro de sus vidas. Elevémonos por sobre la ignorancia y la apatía; estudiemos estas grandes verdades y compartámoslas con otros.
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Preparación litúrgica
El ceremonial de la Misa es una singular ayuda para entender la doctrina. La Iglesia ha multiplicado las ceremonias para presentar, bajo forma de imágenes sencillas, la teología fundamental del Sacrificio de la Misa. Enseñar a los hijos el sentido de cada gesto —por qué nos arrodillamos, por qué nos golpeamos el pecho, por qué guardamos silencio— es enseñarles la doctrina sin que lo noten.
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Preparación ascética
La del corazón y la voluntad. De las tres, es la más importante, y debería ser la preocupación constante de nuestra vida. Su propósito es hacernos cada vez más conformes a Cristo. Cuanto más podamos ser víctimas con Él, más beneficiosa será nuestra Misa para nosotros y para nuestro prójimo.