Contado para leer en familia, inspirado en el Catecismo Mayor, “Breve historia de la Religión”.
Durante el cautiverio de Babilonia vivió el profeta Daniel, uno de los jóvenes hebreos elegidos para formarse en la corte y servir al rey.
Aunque se encontraba lejos de su tierra, Daniel no abandonó la fe de sus padres. Su rectitud, su sabiduría y su fidelidad a Dios le ganaron la estima de Nabucodonosor, sobre todo cuando, con ayuda divina, reveló e interpretó un sueño que el rey había olvidado.
Más tarde también fue apreciado por el rey Darío. Pero unos hombres envidiosos buscaron su caída: lo acusaron de seguir orando a su Dios pese a un decreto que lo prohibía. Por esa fidelidad fue arrojado al foso de los leones.
Dios lo protegió de manera milagrosa. Daniel salió ileso, mostrando que la obediencia a Dios vale más que el miedo a los hombres.
El exilio en Babilonia duró setenta años. Después, los judíos obtuvieron de Ciro la libertad para volver a su tierra.
Guiados por Zorobabel, regresaron a Judea y comenzaron la reconstrucción de Jerusalén y del Templo. No fue tarea fácil: necesitó perseverancia, unidad y ánimo espiritual. Nehemías, que servía al rey, y el profeta Ageo alentaron al pueblo para llevar adelante aquella obra santa.
La reconstrucción no fue solo material. Levantar de nuevo el Templo significaba recuperar el centro de la vida religiosa del pueblo: una forma concreta de volver a poner a Dios en el corazón de la nación.
No todos los judíos regresaron a Judea. Muchos permanecieron en tierras extranjeras. Entre ellos estaba Ester.
Por disposición de la providencia divina, Ester llegó a ser esposa del rey Asuero. Desde esa posición pudo salvar a su pueblo cuando estaba amenazado de destrucción por una decisión del rey, influida por Amán, ministro que odiaba a Mardoqueo, tío de Ester.
Dios puede actuar incluso cuando su pueblo parece débil, disperso o sin defensa. Una persona fiel, puesta en el lugar adecuado, puede ser instrumento de salvación para muchos.
Al regresar del exilio, los judíos fueron más cuidadosos en la observancia de la Ley del Señor y reconocieron como cabeza religiosa de la nación al Sumo Sacerdote.
Sin embargo, su situación política siguió siendo vulnerable. Según las circunstancias y las guerras, dependían del poder de Persia, Siria o Egipto.
Entre los reyes que dominaron la región, algunos permitieron a los judíos vivir en paz. Otros intentaron arrancarlos de su fe.
Uno de los perseguidores más crueles fue Antíoco Epífanes, rey de Siria. Impuso una ley que obligaba a sus súbditos, bajo amenaza de muerte, a aceptar la religión pagana.
Algunos judíos cedieron ante la presión, pero muchos se mantuvieron firmes; otros entregaron la vida antes que renegar de la verdadera fe. Entre esos mártires se recuerda al anciano Eleazar y a los siete hermanos Macabeos con su madre.
Frente a la persecución de Antíoco surgieron defensores valientes de la religión y de la independencia del pueblo judío.
A la cabeza estuvo Matatías, sacerdote fiel, junto con sus cinco hijos. Primero se retiraron a los montes; allí reunieron a otros hombres decididos y comenzaron la resistencia contra los opresores.
Después de Matatías, su hijo Judas, llamado Macabeo, continuó la lucha. Con la ayuda de Dios y el apoyo de sus hermanos logró importantes victorias y dio origen al gobierno de los Macabeos en Judea, que gobernó al pueblo durante unos ciento veintiocho años como jefes religiosos y militares, y más tarde también como reyes.
Judas Macabeo aparece en la Sagrada Escritura como un hombre de gran fortaleza. No fue solo un guerrero valiente: también dejó un ejemplo de piedad.
Después de una batalla, mandó recoger dinero y enviarlo a Jerusalén para que se ofrecieran sacrificios por los soldados caídos.
Este gesto confirma la fe en la oración por los difuntos y en la purificación después de la muerte, enseñanza que la tradición católica reconoce vinculada a la doctrina del purgatorio.
Judas fue bendecido por su pueblo y temido por sus enemigos. Al final, presionado por fuerzas superiores y sin suficiente apoyo de los suyos, murió combatiendo con valentía en el año 161 antes de Cristo.
Le sucedieron sus hermanos Jonatán y Simón. Después gobernó Juan Hircano, hijo de Simón, recordado por un gobierno prudente y próspero.
Con el tiempo, los descendientes de aquellos primeros Macabeos ya no conservaron la misma virtud. Las divisiones internas, las ambiciones y los conflictos con pueblos poderosos debilitaron a Judea.
La pérdida no fue inmediata, pero sí progresiva. La nación fue quedando sin fuerza ni autoridad, hasta caer poco a poco bajo el dominio romano.
Los romanos primero hicieron tributaria a Judea. Después le impusieron un rey extranjero: Herodes, llamado el Grande por algunas obras y éxitos exteriores.
Pero su grandeza fue muy limitada desde el punto de vista moral. La historia lo recuerda por sus intrigas, sus acciones injustas y su ambición de poder. Más tarde usaría esa autoridad para perseguir al Niño Jesús.
Herodes tuvo apariencia de éxito, pero su vida terminó marcada por la desgracia: el poder sin justicia no trae verdadera grandeza.
Después de él gobernaron algunos de sus hijos y nietos, con autoridad variable. Aquella gloria duró poco. Finalmente, Judea fue reducida a provincia del Imperio romano, bajo el mando de un gobernador enviado por Roma.
A lo largo de la historia de Israel, Dios suscitó profetas para sostener al pueblo en la Ley, corregirlo cuando se apartaba y protegerlo de la idolatría.
La idolatría no era solo un error religioso: era abandonar al Dios verdadero para poner la confianza en falsos dioses, poderes humanos o costumbres paganas. Por eso los profetas llamaban al pueblo a volver al Señor.
Algunos profetas, como Elías y Eliseo, no dejaron escritos propios, aunque sus vidas y acciones aparecen narradas en la Historia Sagrada.
Los profetas no solo denunciaron pecados ni anunciaron castigos. Su misión más profunda fue mantener viva la promesa del Mesías, el Salvador prometido por Dios.
Prepararon al pueblo para reconocerlo cuando llegara. Siglos antes anunciaron aspectos de su venida, de su vida, de su pasión y de su muerte.
Sus palabras, vistas en conjunto, muestran una dirección clara: la historia de Israel caminaba hacia Cristo.
Anunció que el Mesías aparecería tras un tiempo señalado como setenta semanas de años, que sería rechazado y muerto, y que después Jerusalén sería destruida y el pueblo quedaría disperso.
Indicaron que el Mesías vendría al segundo Templo. Su venida debía ocurrir, por tanto, antes de la destrucción de ese Templo.
Además de anunciar circunstancias del nacimiento y la vida del Mesías, señaló que después de su venida los gentiles serían llamados a la fe.
La salvación no quedaría encerrada en un solo pueblo, sino que alcanzaría a todas las naciones.
La historia confirmó aquellas señales: se cumplió el tiempo anunciado, Jerusalén fue destruida, el segundo Templo desapareció, el pueblo judío quedó disperso y muchos gentiles abrazaron la fe.
Por eso, según la fe cristiana, el Mesías prometido ya ha venido.
Todas estas profecías encuentran su cumplimiento pleno en una sola persona: nuestro Señor Jesucristo. Él es el verdadero Mesías esperado por Israel y anunciado por los profetas.
Esta etapa de la Historia Sagrada deja varias lecciones para el hogar:
La fidelidad puede mantenerse incluso en tierra extraña.
La reconstrucción exige paciencia, como al volver del exilio.
La providencia puede actuar por medio de una persona valiente.
La fe se defiende cuando se la quiere arrancar del corazón del pueblo.
Lo que no se forma en los hijos puede perderse en una sola generación.
La historia no avanza sin rumbo: Dios preparó a su pueblo durante siglos para recibir al Salvador.
“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia.” — Mt 6,33